Lanzar mi propia startup me convirtió en langosta

Por Maria Carvajal, Fundadora y CEO de Otter

Febrero 2016

Hace cinco meses que otter.es tiene vida y la semana pasada tuve mi quinto herpes, uno por mes. Me sentía fatal pensando en el por qué de este festival de herpes. Ya he dado el paso de dejar mi antiguo trabajo para dar espacio y tiempo de calidad para crear mi propio proyecto, sabiendo que podía ser un riesgo pero estaba segura y contenta de hacerlo. Así que, ¿por qué mi cuerpo responde así? ¿Qué está intentando decirme? Es la primera vez que me lanzo a dar vida a mi propia criatura creativa y, obviamente, he salido de lo que llamamos zona de confort pero suponía que iba a tener más energía que antes de hacer este cambio. Así que me ha pillado por sorpresa esta especie de montaña rusa en mis cambios de energía a pesar de haber hecho un cambio vital siguiendo mi propia pasión e intuición.
Mike, mi pareja y cofundador de Otter, me recordaba hace unos días que crecer duele como si fuéramos langostas dejando su caparazón. ¡Gracias Mike! totalmente de acuerdo con esto. Casualmente ayer veía un video del inspirador Sergi Torres, que compara este dolor al crecer con el proceso de la crisálida. Se trata de la fase de larva justo antes de convertirse en una preciosa mariposa. Y ese es un momento bonito aunque también (muy) doloroso.

Los herpes y la langosta

Mini Maria y su nuevo amigo

Esa soy yo hace 28 años. Creo que era la primera vez que me encontraba con mi nuevo y querido amigo el herpes (se puede ver en mi pequeña nariz de un par de años de vida). Desde ese día, ha estado conmigo diciendo hola de vez en cuando, a veces en los momentos más inesperados. Algunas veces aparece en mi nariz, otras en el labio, incluso se aposentó cómodamente en mi barbilla. He de confesar que no es una relación agradable, es molesta y duele. Aunque puede parecer una mala compañía (como cualquier otra manifestación de una enfermedad), a veces se puede convertir en tu amigo del alma, como un espejo que te refleja lo que tú no quieres ver pero que está ahí, doliendo en lo más profundo. Mi querido acompañante de camino llamado herpes ha sido un aliado de mucha ayuda para mí, convirtiéndose en algo así como un detector de turbulencias internas antes de que yo misma me de cuenta que están ahí.

Me llevó algún tiempo empezar a entender este tipo de manifestaciones de mi cuerpo como una oportunidad para reflexionar sobre aquello de lo que intento huir. Cuando tenía 19 años tuve una serie de herpes en la boca que aparecían una y otra vez. A eso se unió una infección de cándidas que me agotaba y me hacía sentir deprimida y débil. Por supuesto en ese momento estaba en un punto de mi vida de total transformación. Estaba en pleno ascenso de mi Everest personal, a punto de enfrentarme a uno de mis mayores miedos en ese momento, ver a mi padre después de cuatro años, desde que decidí irme de su casa. Era muy joven e intentaba comprender qué estaba pasando, y por qué todo esto me estaba pasando en la vida y en el cuerpo. En esos cuatro años mi cuerpo había cambiado y me mostraba mis propias emociones de muchas maneras: gripe intestinal, fiebre, baja energía, conjuntivitis y, como no,  muchos herpes. Sólo una palabra viene a mi mente cuando recuerdo esto: resistencia. 

El Everest personal

Hacía más de un año que tenía el libro “El poder del Ahora” de Eckart Tolle que me había regalado mi madre dando vueltas por mi habitación y, sin embargo, ni siquiera lo había ojeado. Creo que siempre hay un momento para todo, y también para recibir una información que hemos podido estar buscando. Un día sentí su llamada y me puse a leerlo. En un principio puede parecer un libro más de los que encuentras en la sección de "autoayuda", pero para mí fue todo un descubrimiento ya que consiguió abrirme los ojos y sentía que me despertaba a medida que iba leyendo. ¿Qué es lo que ha cambiado para mi desde ese momento? La idea de que no soy mi mente, soy otra cosa separada de ella y a la cual puedo observar. Y desde la resistencia, empecé a sentir, escuchar y a aceptar lo que mi cuerpo intentaba decirme en vez de hacer caso a ese ruido mental. Solo una expresión viene a mi mente cuando recuerdo esto: dejar ir.

Este cambio interior me guió en los quilómetros que me quedaban de ascenso a mi Everest personal. Mis pasos eran más rápidos que nunca y me sentía más ligera y segura. No sabía lo que iba a encontrarme en la cima, pero tenía claro que quería hacer el camino sin importarme lo que viniera después. Sin expectativas, el sentido era el camino en sí mismo. Mi cuerpo empezó a mejorar. 

Vuelta al presente. Tiempo de lanzar.

Retomando la metáfora de la crisálida, los nuevos herpes que han aparecido últimamente en mi vida para mí representan una forma de resistencia a un nuevo camino que estoy transitando. Desde que di los primeros pasos en este nuevo proyecto, he tenido muchas y variadas contradicciones internas, pasando de la claridad mental y la plena conciencia a los miedos y la inseguridad. Quiero vivir este proceso como un ajuste en el camino y un nuevo momento de crecimiento para la langosta. Pienso que este conjunto de sensaciones que se activan en momentos de crecimiento no son solamente parte del famoso "síndrome del impostor" sino también una forma de boicotearnos a nosotros mismos cuando avanzamos y, sobre todo, cuando crecemos rápido.

A lo mejor te has preguntado qué pasó con mi Everest personal de los 19 años. La verdad es que conseguí alcanzar la cima de la montaña. Ocurrió lo inesperado, y en esa cima encontré la experiencia que me dio la paz que necesitaba en mi interior y un regalo emocional que aún sigue conmigo. Lo más curioso y lo que más me gusta del proceso de ascenso a un Everest personal es que no hay que volver a bajar y deshacer el camino. Te regalas un nuevo punto de vista, más alto que el anterior, y en el que puedes quedarte a contemplar y disfrutar de las nuevas vistas.  A lo mejor te quedas durante un tiempo, más corto o o más largo, hasta que encuentres delante de ti un nuevo Everest personal que ascender.

La próxima vez será más fácil porque ya sabrás que solo tienes que transitarlo. Es cuestión de práctica. ¡Vamos a ello!

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